Después de aquello, con aquella
persona, no volvió a ser la misma mujer.
Él le robó su confianza en sí
misma, abusó física y psicológicamente de su situación, que llevaba tiempo al
borde del vacío, desapasionada de la vida y autómata, pero aún se había
mantenido en pie. Hasta que él se hizo un abrigo con la autoconfianza de ella,
hasta que negó los hechos y le aisló más de lo que ella trató de hacer, para
evitar males mayores para todos.
Ella aguantó su victimismo, su
negatividad, su luna más nueva, su esoterismo e ideologías más rancias. Mas
ella no pudo sentir odio por este ser, por este licántropo que se había
fagocitado su alma. Al contrario, sólo su presencia podía llevarla hasta el más
agudo dolor, pero sin por ello desearle el mal. Incluso hubiera preferido poder
expresar tales emociones, pero el dolor en el pecho la doblegaba todavía más.
Sólo podía llorar en las noches, recordando lo bueno de él, sabiendo que todo
lo peor nunca fue del todo consciente, como hombre joven que era.
El apetito, síntoma inequívoco de
vida, desapareció. Llegó a ocultar su inapetencia, fingiendo que comía
correctamente, mas sólo picoteaba y para engañar al maltrecho estómago, que
quiso unirse a esta macabra experiencia, protagonizada por la cabeza y el
corazón.
Su cuerpo se resintió,
adelgazando hasta el punto de que, salvo la zona de los senos, se notaba con
detalles las costillas. Las
articulaciones se volvieron débiles, resintiéndose bajo la inminente llegada
del invierno.
Junto a la inapetencia
alimentaria, llegó la sexual. No podía ni darse auto amor, pues no se amaba, no
podía querer a esa figura delgada y
desdichada.
En esos tiempos, también se vio
en principio aislada socialmente, percepción que, errónea o no, no podía
asimilar su creciente inseguridad. Dicha inseguridad, hacía que se asfixiara en
las multitudes, como si se ahogara en un océano sin posibilidad de salir a
flote. Hasta sus amigos los veía más lejanos que nunca, abstraídos en la
cotidianeidad de la vida, sin poder entender el repentino cambio de formas de
su allegada.
En resumidas cuentas, ella dejó
de ser lo que era, convirtiéndose en una réplica de sí misma, como un soldado
recién llegado de la guerra.
Con el tiempo, reaprendió a
enmascarar su cara demudada, a nadar y mantenerse a flote en determinadas
situaciones e incluso llegó a tener días más lumínicos. Sin embargo, esto sólo
era el inicio de una larga trayectoria y, como reflejó una visión onírica
reciente, quizás debía terminar de morir, para reencarnarse en otro ente
distinto. Quizás he ahí la paz que únicamente podía ansiar y aferrarse en las
bajas horas.