martes, 13 de diciembre de 2016

Sol desnudo (Después de aquello)


Después de aquello, con aquella persona, no volvió a ser la misma mujer.
Él le robó su confianza en sí misma, abusó física y psicológicamente de su situación, que llevaba tiempo al borde del vacío, desapasionada de la vida y autómata, pero aún se había mantenido en pie. Hasta que él se hizo un abrigo con la autoconfianza de ella, hasta que negó los hechos y le aisló más de lo que ella trató de hacer, para evitar males mayores para todos.
Ella aguantó su victimismo, su negatividad, su luna más nueva, su esoterismo e ideologías más rancias. Mas ella no pudo sentir odio por este ser, por este licántropo que se había fagocitado su alma. Al contrario, sólo su presencia podía llevarla hasta el más agudo dolor, pero sin por ello desearle el mal. Incluso hubiera preferido poder expresar tales emociones, pero el dolor en el pecho la doblegaba todavía más. Sólo podía llorar en las noches, recordando lo bueno de él, sabiendo que todo lo peor nunca fue del todo consciente, como hombre joven que era.
El apetito, síntoma inequívoco de vida, desapareció. Llegó a ocultar su inapetencia, fingiendo que comía correctamente, mas sólo picoteaba y para engañar al maltrecho estómago, que quiso unirse a esta macabra experiencia, protagonizada por la cabeza y el corazón.
Su cuerpo se resintió, adelgazando hasta el punto de que, salvo la zona de los senos, se notaba con detalles  las costillas. Las articulaciones se volvieron débiles, resintiéndose bajo la inminente llegada del invierno.
Junto a la inapetencia alimentaria, llegó la sexual. No podía ni darse auto amor, pues no se amaba, no podía querer  a esa figura delgada y desdichada.
En esos tiempos, también se vio en principio aislada socialmente, percepción que, errónea o no, no podía asimilar su creciente inseguridad. Dicha inseguridad, hacía que se asfixiara en las multitudes, como si se ahogara en un océano sin posibilidad de salir a flote. Hasta sus amigos los veía más lejanos que nunca, abstraídos en la cotidianeidad de la vida, sin poder entender el repentino cambio de formas de su allegada.
En resumidas cuentas, ella dejó de ser lo que era, convirtiéndose en una réplica de sí misma, como un soldado recién llegado de la guerra.  


Con el tiempo, reaprendió a enmascarar su cara demudada, a nadar y mantenerse a flote en determinadas situaciones e incluso llegó a tener días más lumínicos. Sin embargo, esto sólo era el inicio de una larga trayectoria y, como reflejó una visión onírica reciente, quizás debía terminar de morir, para reencarnarse en otro ente distinto. Quizás he ahí la paz que únicamente podía ansiar y aferrarse en las bajas horas.