Hacía más de un lustro que eran
amigos. Se conocían bastante, se sabían sus secretos más íntimos, hablaban de
todo e incluso se habían consolado en las bajas horas el uno al otro. Mas por
avatares de la vida, no se habían visto en paños menores y la situación, un
tanto estrambótica, no ayudaba al sofoco que respiraban ambos.
Habían llegado al apartamento
alquilado, de manera un poco dificultosa. La ropa estaba mojada por una
repentina lluvia veraniega que nadie esperaba, además de estar dicha humedad
mezclada con la arena de las dunas cercanas al lar, atraídas por un viento que
quería formar calima. Por lo tanto, más que mojados, casi podía decirse que les
cayó un barrizal del cielo, dejando la ropa para meter en la lavadora
directamente.
Ella, después de tirar los
botines, había empezado a quitar su largo vestido negro, un pelín más
desinhibida que él por efectos del alcohol. Quedó en bragas, sujetador y
calcetines, delante de un atónico amigo que, también un poco chispado, veía a
su compañera de repente con tan poca ropa. Él ya se había quitado la chaqueta y
los zapatos y ante semejante visión, había interrumpido el desbotonamiento de
su camisa, sonrojado y sin saber qué hacer. Por un lado, quería desembocar esa
visión en una experiencia táctil, pero por el otro, el respeto a su amistad y
su caballerosidad retrocedía, incluso en esas circunstancias, los instintos más
bajos.
Él se volvió para otro lado,
esperando cortar el campo de visión de ambos y poder quitarse esa camisa sucia.
Mas ella se acercó, y al quedar éste parado, observando a la chica a la cara,
intentando no fijarse en sus pechos enfundados, ésta decidió ayudarle a
desabrochar los últimos botones.
Al abrirse su camisa, se
descubrió su torso, rechoncho, velludo. Él trata de cruzar los brazos sobre sus
pectorales, poco agraciados, piramidales. Sin embargo, ella deshace el cruce de
brazos, abriéndolos para poder abrazarle con todas las fuerzas que su frágil
cuerpo podía.
Él sentía su abrazo, con un calor
que no había sentido antes, ni siquiera cuando abrazaba a su amiga de consuelo
en los momentos duros. Olvidándose de ser el joven frío y metódico que era,
aprovechó cuando su amiga levantó la cabeza, para darle un largo beso en los
labios. Ella, sorprendida, sólo pudo dejarse llevar físicamente, mientras
dudaba si ese era el mismo de siempre y, de ser así, si todos los años de
piropos y bromas tenían base de seriedad.
Siguieron con el beso,
agarrándose cada vez más. Ella subía una mano por su corto cabello castaño,
mientras la otra la tenía por el hombro. Él tenía una mano agarrando su cabeza,
mientras la otra bajaba por la espalda más abajo de la altura del sujetador.
Llegó un punto que ese beso se transformó en comida de bocas, cada vez más
apasionado, más lujurioso, pareciendo que ella se iba a fusionar entre los
gruesos brazos de su compañero y éste con el grácil cuerpo de la fémina.
En un momento dado, los brazos de
ella se deslizan hacia abajo, primero sobre los fuertes brazos del varón, para
luego despegarse. Extrañado, se despega
un poco para abrir los ojos y observar dónde fueron a parar, pero antes de que
pudiese echar un vistazo, notó el pantalón desabrochado y un algo bajado. Así
que sólo pudo ver la sonrisa traviesa de la hembra, que miraba con un poco de
picaresca.
Él intentó desabrocharle el
sujetador, para poder acceder a sus senos. Ahí, su falta de experiencia previa
y el beso con chupetón que le intentaba hacer ella, le hizo desconcentrarse y
acabar rompiendo el broche de la prenda. Ella ni se enteró o no quiso
enterarse, el caso es que, con el sostén suelto, sólo tuvo que deslizar con los
dedos las tiras, para deslizar los mismos hasta los pechos de ella, recién
descubiertos. Estos rebosaban en sus manos, notando cómo los pezones se ponían
tiesos ante el ambiente, bajo su palma e incluso percibió un poco los latidos
de la chica, que había acelerado un poco la marcha.
Ella dejó que cayera dicha prenda y lo guio
hacia la cama, que estaba justo al lado, apenas un par de pasos de ellos,
sentándose ella y llevando con su mano a él, para que se sentara a su lado. Él
volvió a besarla, poniendo su mano en la cara, acariciando sus mejillas y la
forma ovalada de su faz. Ella, sentada encima de sus propias piernas en la cama,
le fue fácil ir poniéndose a 4 patas, para arrimarse al individuo. Él aprovechó
la proximidad de ella, para acariciar sus pezones, hasta dibujar con sus dedos
las aureolas. Ella se monta encima de él y la espalda se endereza, quedando los
pechos más cerca de la cara. Él aprovecha y empieza a chuparle los pezones,
abriendo bien la boca y jugando su lengua.
A la mujer le gusta, hasta el
punto de que nota ella cómo se abre instintivamente su entrepierna, se nota las
mejillas ardiendo e incluso se le escapa un débil gemido, cerca de la oreja del
que ya podríamos denominar su amante.
Al varón, si ya andaba dispuesto
desde el inicio, al oír a la fémina gemir y sentir el movimiento instintivo de
sus caderas, termina de ponerse erecto, queriendo salir su manubrio de los
calzones.
Entonces, mientras a la amante
tenía bocarriba, siseando su cuerpo ante la excitación que le producía el que
le humedeciera y le chuparan las tetas, él intentó bajarle las bragas, con
cierto nerviosismo de su primera vez, que en su carácter iracundo estuvo a
punto de romperle la lencería, si no fuera porque la mano de ella guio una de
las manos del chico con paciencia, hasta dejar que el compañero la dejara
completamente desnuda. Luego, ella le fue bajando los calzoncillos hasta la rodilla,
abalanzándose sobre él, para terminar de quitarle la ropa y así quedar ambos en
igualdad de condiciones.
En un principio, ella no se
atrevía a mirar el sexo del chico, invadida por su naturaleza tímida y por la
vergüenza que en el fondo tenía, aunque no muy exteriorizada, de ver en cueros
al amigo que le había acompañado en muchas ocasiones. Verlo así, era atravesar
la última frontera de la relación y esa noche se invadieron mutuamente. Aun así, su lado picaresco hizo acabar
mirando un poco por encima. Como un buen hombre, ni siquiera ahí estaba
depilado. Y estaba erecto, que era lo importante. Y como ella era la veterana, le tocaba poner
protección, que con ágiles dedos puso en él, después de haberle estimulado un
poco más la entrepierna.
A continuación, la invasión de
sexos se llevó a cabo, capitaneado primero por ella, que cabalgaba con la
agilidad de su esbelta figura, mientras que él sólo podía aferrarse con deseo a
ese momento en que su virilidad adquiría un nuevo logro a su historial. Luego,
ante el cansancio de ella, la puso bocabajo, penetrando con cierto temor de
aplastar a la dama. Haciendo cierto esfuerzo, consiguió cogerle el tranquillo
enseguida, pues ella empezó a respirar con un tono placentero.
Siguieron, en un par de posturas
más, buscando tanto el placer propio como el compartido, como el del otro.
Al acabar los dos, exhaustos, se
tumbaron en aquella cama de matrimonio. Ella se abrazó a él, con la cabeza en
aquel velludo y rechoncho torso, buscando el calor y el latido de su corazón.
El mozo, sólo pudo aceptar el abrazo, mirando al borroso techo, con una sonrisa
de triunfo en sus labios carnosos y sentirse como un hombre que ha conocido,
por una vez, todo el significado de “haz el amor, no la guerra”.
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